Dicen que el tren pasa solo una vez.
Dicen que más vale pronto que tarde.
En mi caso, el tren ha pasado dos veces, y he comprobado que más vale tarde que pronto.
Yo nunca quise ser abogada. En mi familia, sin ningún graduado universitario, siempre se hizo hincapié en la importancia de los estudios, en los cinco pilares de la sociedad, pero mi vocación era claramente internacional. Buscando y rebuscando por internet como solo yo se hacer encontré la Universidad de Groningen, que ofrecía un grado en relaciones internacionales, buenísimo, por cierto, y otro grado en derecho internacional y europeo.
Mandé la solicitud para el grado en derecho y en 10 días ya me habían admitido. Al principio yo no estaba convencida en absoluto. Demasiadas influencias negativas y aires de grandeza que se desploman como castillos de naipes hicieron que no apreciara la enorme oportunidad que me brindaba la vida: estudiar derecho, uno de esos pilares que a mi madre tanto le gustaban, y un ambiente puramente internacional. No aprecié que se trata de una de las mejores 100 universidades del mundo, ni que el coste de mi educación fuera a ser un tercio que en España, ni la exclusividad de un programa abierto tan solo a 70 personas.
Las personas con las que uno se cruza durante la adolescencia son tortuosas. Pensamos que serán los amigos que siempre mantendremos, y que nuestra pandilla va a ser el centro de nuestra vida, decisiones y aspiraciones, impidiéndonos elegir un camino único y específico para cada uno de nosotros. Yo me dejé cegar por las aspiraciones de otros y el falso brillo de latón que muchos pretendían maquillar de oro. Yo, y muchos tantos otros condenados. O quizás todos de nosotros?
La cuestión está en que en estos años las decisiones que tomamos de cara a nuestro futuro son muy importantes, y aquí, muchas veces y debido a la peculiar configuración social española se condena a aquellos que empiezan a estudiar uno o dos años después de terminar bachillerato, pero también se condena a aquellos infelices que por no tener más remedio se alistan en las filas de una carrera que realmente no les interesa, sacan malas notas y aumentan el salario de los psicólogos españoles por causas de depresión crónica.
Últimamente está muy de moda las crisis existenciales. Esas que todos identificamos como un problema a ser resuelto cuanto antes. Lo que se nos olvida es que precisamente son estos momentos de incertidumbre lo que nos demuestra la humanidad de cada persona, la inequívoca predisposición del humano para tropezarse con la misma piedra y, en definitiva, que nos planteamos alternativas, que pensamos, que nos interesa prosperar como personas. Sinceramente, no entiendo la prisa que tiene la gente en este país por empezar a estudiar. Digo yo, será mejor tener al menos una idea de lo que quieres en esta vida antes de comprometerte a una formación que moldee tu futuro inmediato y a medio plazo? Y sí. Me disgusta profundamente que se juzgue tan pronto a las personas por las opciones que toman. Hace dos años, yo no sabía ni lo que quería, ni como lo quería, además de tener serias dificultades con la comida y trastornos modernos de estos, obsesivo-compulsivo, perfeccionista-paranoico y demás fancy names.
Que me equivoqué al dejar la universidad de Groningen? Puede que sí, pensando en términos de convicciones sociales mediterráneas, o puede que no, pensando en mis propios términos personales, pues necesitaba descansar y sanar. Quizá, el problema es que solemos preocuparnos más por lo que piensen los demás y demasiado poco por lo que nosotros necesitamos. Debemos respetarnos, amarnos y nutrirnos. Puede que este año en no haya sido el más próspero académicamente, pero ha sido decisivo en todo lo demás.
Hoy se lo que quiero, como lo quiero y qué tengo que hacer para conseguirlo. Si a eso le añades un puñado de gente leal a quienes quieres, te quieren, apoyas y te apoyan incondicionalmente, quien puede pararme? Muchos, desde luego, lo intentarán, pero fracasarán con creces.
Así pues, a partir de septiembre nos espera Groningen, una ciudad maravillosa llena de bicicletas y donde nunca cesa la lluvia. Y de Bilbao me llevo lo que nunca creí posible, amigos para toda la vida, sí, de esos que te estás imaginando, de boda en boda, bautizo en bautizo, cafés en Nueva York, Amsterdam o Madrid, con canas y arrugas y la misma ilusión que el primer día que los conociste.





Una gran reflexión Amelie, estoy segura de que tu "yo" de septiembre no hubiera sido capaz de escribir esto, así que puedes estar muy orgullosa de ti misma.
ReplyDeletePersonalmente me alegra que te equivocaras...o precisamente que no lo hicieras.